Prácticamente, casi todo lo que nos rodea se encuentra degenerado y
fabricado para degenerar. Desde la música que escuchamos hasta las ropas que
vestimos.
Estamos mal acostumbrados de que si queremos consumir algo, tenemos que
aceptar las consecuencias negativas que este conlleva, estamos mal
acostumbrados a aceptar un daño por una comodidad disfrazada de beneficio.
Parece ficción, que mucho de lo que el hombre hace, está fuera de
equilibrio, y que a la larga, es más el daño que el beneficio que ocasiona, sea
cual fuese generalmente un producto o servicio. La comida tiene demasiados químicos en un porciento importante, la música
resulta dañina para los nervios y para el cerebro, los aparatos eléctricos
tienen consecuencias a nivel magnético por sus ondas, etc.
La vida debe ser maso menos equilibrada. No es normal aceptar un
beneficio que conlleva incluido efectos secundarios. Debemos de dejar de
comprar aquellos productos del monopolio y que ni siquiera se preocupan por una
verdadera calidad, no aman a sus clientes, no respetan a sus consumidores. Pero
más aún peor es que no nos respetamos nosotros mismos. Tenemos el derecho y el
deber de exigir artículos y servicios adecuados y saludables, además de
sustentables, que no dañen nuestro hogar. Debemos exigir que aquellas empresas
dejen de matar nuestro ambiente para fabricar sus productos y en colmo, de una
tecnología obsoleta y dañina. Si el mercado nos pide actualizarnos
constantemente, tenemos derecho también de exigir que ellos se actualicen también,
para los tiempos que estamos es patético que no se reajusten las estructuras en
los procesos de fabricación. Nos vemos estafados y manipulados constantemente.
Engañados, ultrajados, por aquellos astutos que abusan de la ignorancia.